A la memoria de Lorenzo Lara,
el mejor narrador que he conocido en mi vida.
Una frase repetida: este país se jodió. Tan claro estamos en eso, que ya es hasta un fastidio repetirlo.
Sin embargo, Venezuela se encarga de demostrar, una y otra vez, que los países no son capaces de tocar fondo: siempre pueden estar peor. Y la desmejoría de un país, en mi opinión, se mide con el número de penurias que un ciudadano debe soportar para solucionar sus problemas cotidianos, sus necesidades más básicas.
Y no hay nada más cotidiano que morirse. Quizás el único derecho que no le podrán quitar a uno nunca, el derecho a morirse.
A Lorenzo, mi abuelo, le bastaron 83 años y un poquito más en esta vida. Un día decidió que ya no más. En marzo, me tocó correr con él al hospital, luego de que lo hallaran tirado en el piso de su casa, inconsciente. Esas tres malditas letras, la A más la C acompañada con la V, se empeñaron en irrumpir en la tranquilidad de un militar retirado, viudo desde hace un año, coriano terco, hombre de los de antes. Militar de otros tiempos, marinero con mucho viaje a cuestas, con un carcelazo perejimenista en su historia, con 7 hijos, 15 nietos, 10 bisnietos y una tataranieta.
Amanecí con él en el Hospital Militar de Caracas el primero de abril de 2009. Fue una noche terrible, en la que ni él ni yo dormimos ni un minuto. Él, porque sentía cosas que yo no podía identificar como la inminente retirada. Yo, porque no había podido acompañarlo ni una sola noche de esas tres semanas que pasó enclaustrado y decidí estar ahí, vigilante. Intentando escucharlo, aunque no podía, aunque quería, sacar las palabras que tenía en la mente. Con miedo, porque su inquietud amenazaba hasta su permanencia en la cama.
Ya en la mañana, luego de preguntarme con gran esfuerzo "¿Hasta cuando voy a estar hospitalizado?", me sorprendió pestañeando y decidió que, ahora sí, se iba.
------.-----.-------
Todos esos días fueron terribles, más allá de la mera enfermedad. El Hospital Militar es un reflejo de la gestión de la salud en este país. Lo que fue un modelo de atención al paciente, lo que fue un edificio bien mantenido, ideal de gestión hospitalaria, solo puede definirse hoy de una manera: una mierda. Lo que era un hospital exclusivo para militares, fue convertido en un "Barrio Adentro", con cubanos incluidos.
No criticaré el hecho de que un coto exclusivo de los militares pueda ponerse al servicio de los más necesitados. Al contrario, me parece bien que así sea. Tener un familiar enfermo es una pesadilla ya de por sí, como para tener que padecer la ausencia de atención. Pero sería una muestra de consideración hacia los pobres depauperados que no tienen más remedio que hacer uso de las instalaciones del hospital militar, que ese centro contara con presupuesto suficiente para atender a propios y extraños. No puede ser que con el mismo dinero que se atendía antes solo a los militares, hoy atiendan a todo el mundo. Es una cruel muestra de lo que es el socialismo para algunos: la igualdad, pero hacia abajo, o sea, malo para la totalidad. ¿Igualdad hacia arriba? Aquí no...
Mi abuelo fue declarado muerto a las 9:00 de la mañana. A esa hora solamente yo estaba presente. Como somos de Vargas, me tocaba amanecer con él hasta que me viniera a relevar mi papá. Pero al pasar lo irremediable, me tocó llamar uno por uno a todos. Y encargarme del asunto in situ, sobreponiéndome a los sentimientos.
Primer anuncio de la Venezuela real, que no respeta ni el dolor ajeno: "señor por favor, vaya a la habitación y asegure su laptop...vaya recogiendo las cosas porque la habitación debe ser desocupada."
Ahí me tocó despertar y, luego de recoger, pregunté por los trámites de rigor. "Necesitamos dos copias de la cédula del difunto para la partida de defunción". Cosa tonta esa de los trámites, pense ahí en el pasillo tétrico con olor a medicamento rancio. Un papel donde diga que te moriste. Tan ridículo como la "fé de vida", un papel donde dice que, en efecto, uno está vivo.
Pasan los minutos. Las horas. Y mi familia no aparece. "Vamos subiendo por la carretera vieja...se volteó un camión en la autopista y no hay paso". Ah, muy bien, segundo anuncio de la Venezuela real: la muerte puede esperar, aguántate tu maravillosa cola.
Llega la familia. El cadáver yace envuelto en las sábanas que el personal, siguiendo sus protocolos, tuvo a bien utilizar como mortaja. "Tenemos que bajarlo a la morgue, pero no hay camilla...". Ah, imagínese. No se preocupe usted, él ya no se va a quejar, busque la camilla con calma. ¿Me puede dar la partida de defunción? "El jefe de guardia no está...ya resolvemos eso".
--------.--------.-------
Es extraño lo que pasa cuando alguien muere. A la familia le da por hablar de lo que el difunto hacía, dejaba de hacer, pensaba, dejaba de pensar. Uno generalmente se burla de eso, de la tontería del "tan bueno que era" y todo lo demás. Pero es inevitable que uno esté horas esperando en un pasillo por un trámite post-morten sin caer en eso.
Ya son las doce del mediodía. El rato se fue rápido, ahí hablando. Pero ya tengo más de 24 horas sin dormir y unas tantas más sin comer y acuso el cansancio. Empezamos a distribuir las tareas y quedamos encargados de los trámites de traslado del cadáver, mi tío y yo. Regreso a preguntar por la partida de defunción, requisito indispensable para que nos entreguen el cadáver en la morgue del hospital. "El jefe de guardia no ha firmado...". Decidí, agobiado ya por la detestable circunstancia, cortesía de la ineptitud, que ese sería el último anuncio que le permitiría a la Venezuela real. Lo dije claramente: ¿quiere decir que tengo que esperar que la ineficiencia de un militar, que no sabe que estar de guardia significa permanecer en un lugar cumpliendo su deber, me permita irme con el cadáver de mi abuelo, a terminar con este capítulo? Uno se indigna de forma increible en ciertos momentos, y ese fue uno de ellos. La enfermera se dio cuenta. Todo el mundo notó que era como demasiado. Un enfermero fue a buscar al jefe de guardia para que firmara. Y me dieron ese documento inventado por un burócrata en el que consta que, en efecto, el hombre al que vi morir hace 5 horas, esta legalmente muerto.
--------.---------.---------
Sacarle copia al documento. Ir a las puertas de la morgue, donde esperaba el empleado del servicio funerario que haría el traslado. Recibir el cadáver y notar, con espanto, que el vehículo no era una esas carrozas fúnebres, sino una vieja camioneta "Lumina van", habilitada a la machimberra para los fines de traslado de fallecidos. Sin comodidad alguna porque, imagínese usted, ninguno de los clientes trasladados se ha quejado jamás.
El cadáver de Lorenzo detrás, yo sentado al lado en una butaca precaria que le habían dejado al carrazo. Mi tío adelante. Y, de nuevo, aparece Venezuela: "Hay que ir a la jefatura a buscar el permiso de traslado, después a Sanidad, después volver a la jefatura a que sellen el permiso y después bajamos a La Guaira". Estamos hablando de que eran ya las dos y pico de la tarde y de que estamos en Caracas en compañía del impertinente pero inefable tráfico. La jefatura: en San Martín. La Sanidad: en El Valle. Los que conocen Caracas entienden lo que quiero decir. Los que no conocen Caracas, es simple: es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que conservar la salud mental y física haciendo ese tour.
Sumémosle a todo esto, que el conductor de la camioneta era a la vez gestor y tenía pocos modales, poca disposición a hacer nada sin recibir algo a cambio y de paso no se callaba nunca. Y un detallazo: mientras mi tío y el chófer-gestor hacian los trámites en la jefatura, yo me quedaba en la camioneta, estacionado a una vera de las hermosas calles pestilentes y alfombradas de basura de la parroquia San Juan del Municipio Libertador, con la maravillosa vista que me prodigaba el barrio El Guarataro. Y con el cadáver de mi abuelo al lado. Me imagino que los que pasaban dirían al verme que me volví loco, porque hablaba solo. Pero es que ellos no sabían que me encontraba en animado diálogo con mi abuelo, al que le daba detalles de lo que sería esta crónica de la farragosa realidad que le toca vivir al venezolano, desde la cuna hasta la tumba, literalmente. "¿Estás viendo, paíto? si el 11 de abril esos pajúos en vez de llevarlo a la Orchila, lo lanzaban del helicóptero, tendríamos otro país...".
Animado como estaba por el importante diálogo, no me había dado cuenta aún de que la realidad truculenta cotidiana de esta maldición llamada país nos había atrapado. El tipo dice: "En la jefatura no hay libro para asentar los fallecimientos...". Se supone que ese detalle es malo, para un país petrolero que regala millones de dólares anuales a vecinos parias y lambucios. Pero la noticia, según el gestor, terminó siendo buena "porque la muchacha me selló todo rápido y no tenemos que volver".
Así, nos vamos rumbo a "la Sanidad", a que nos den un permiso para llevar el cadáver de mi abuelo desde Caracas a Vargas. Como ustedes comprenderán muy bien, semejante traslado es un riesgo inigualable para la seguridad sanitaria de este país...por eso necesitabamos un permiso especial.
Después que el gestor le mojó la mano a todos los involucrados en que el maldito trámite estuviera listo, había que sacar copias. En el interín, un familiar me llama por teléfono para darme otra dosis de realidad: se volteó otra gandola en la autopista, pero no subiendo, sino bajando a La Guaira. La autopista esta trancada otra vez. "Baja por la carretera vieja". Le hago la indicación al chófer, quien con un mohín despreciativo del que sabe que tiene poder para ladillarte, me dice "no...por la vieja no me meto yo nunca". (Respira, respira, respira Daniel...)
Le encargo la situación a mi tío, habituado a estos menesteres de traficar favores a cambio de coimas. El cambio de talante del conductor, costó cincuenta bolívares fuertes. Todo un señor, como verán.
A las 4 de la tarde empezábamos a bajar por la carretera vieja e intrincada. Ya ni sabía donde estaba: 36 horas sin dormir y 20 sin comer. Y con el cuerpo de mi abuelo al lado, despojado de toda dignidad tirado ahí en el suelo de una camioneta sucia. Como sucia es la realidad de este país.
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el mejor narrador que he conocido en mi vida.
Una frase repetida: este país se jodió. Tan claro estamos en eso, que ya es hasta un fastidio repetirlo.
Sin embargo, Venezuela se encarga de demostrar, una y otra vez, que los países no son capaces de tocar fondo: siempre pueden estar peor. Y la desmejoría de un país, en mi opinión, se mide con el número de penurias que un ciudadano debe soportar para solucionar sus problemas cotidianos, sus necesidades más básicas.
Y no hay nada más cotidiano que morirse. Quizás el único derecho que no le podrán quitar a uno nunca, el derecho a morirse.
A Lorenzo, mi abuelo, le bastaron 83 años y un poquito más en esta vida. Un día decidió que ya no más. En marzo, me tocó correr con él al hospital, luego de que lo hallaran tirado en el piso de su casa, inconsciente. Esas tres malditas letras, la A más la C acompañada con la V, se empeñaron en irrumpir en la tranquilidad de un militar retirado, viudo desde hace un año, coriano terco, hombre de los de antes. Militar de otros tiempos, marinero con mucho viaje a cuestas, con un carcelazo perejimenista en su historia, con 7 hijos, 15 nietos, 10 bisnietos y una tataranieta.
Amanecí con él en el Hospital Militar de Caracas el primero de abril de 2009. Fue una noche terrible, en la que ni él ni yo dormimos ni un minuto. Él, porque sentía cosas que yo no podía identificar como la inminente retirada. Yo, porque no había podido acompañarlo ni una sola noche de esas tres semanas que pasó enclaustrado y decidí estar ahí, vigilante. Intentando escucharlo, aunque no podía, aunque quería, sacar las palabras que tenía en la mente. Con miedo, porque su inquietud amenazaba hasta su permanencia en la cama.
Ya en la mañana, luego de preguntarme con gran esfuerzo "¿Hasta cuando voy a estar hospitalizado?", me sorprendió pestañeando y decidió que, ahora sí, se iba.
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Todos esos días fueron terribles, más allá de la mera enfermedad. El Hospital Militar es un reflejo de la gestión de la salud en este país. Lo que fue un modelo de atención al paciente, lo que fue un edificio bien mantenido, ideal de gestión hospitalaria, solo puede definirse hoy de una manera: una mierda. Lo que era un hospital exclusivo para militares, fue convertido en un "Barrio Adentro", con cubanos incluidos.
No criticaré el hecho de que un coto exclusivo de los militares pueda ponerse al servicio de los más necesitados. Al contrario, me parece bien que así sea. Tener un familiar enfermo es una pesadilla ya de por sí, como para tener que padecer la ausencia de atención. Pero sería una muestra de consideración hacia los pobres depauperados que no tienen más remedio que hacer uso de las instalaciones del hospital militar, que ese centro contara con presupuesto suficiente para atender a propios y extraños. No puede ser que con el mismo dinero que se atendía antes solo a los militares, hoy atiendan a todo el mundo. Es una cruel muestra de lo que es el socialismo para algunos: la igualdad, pero hacia abajo, o sea, malo para la totalidad. ¿Igualdad hacia arriba? Aquí no...
Mi abuelo fue declarado muerto a las 9:00 de la mañana. A esa hora solamente yo estaba presente. Como somos de Vargas, me tocaba amanecer con él hasta que me viniera a relevar mi papá. Pero al pasar lo irremediable, me tocó llamar uno por uno a todos. Y encargarme del asunto in situ, sobreponiéndome a los sentimientos.
Primer anuncio de la Venezuela real, que no respeta ni el dolor ajeno: "señor por favor, vaya a la habitación y asegure su laptop...vaya recogiendo las cosas porque la habitación debe ser desocupada."
Ahí me tocó despertar y, luego de recoger, pregunté por los trámites de rigor. "Necesitamos dos copias de la cédula del difunto para la partida de defunción". Cosa tonta esa de los trámites, pense ahí en el pasillo tétrico con olor a medicamento rancio. Un papel donde diga que te moriste. Tan ridículo como la "fé de vida", un papel donde dice que, en efecto, uno está vivo.
Pasan los minutos. Las horas. Y mi familia no aparece. "Vamos subiendo por la carretera vieja...se volteó un camión en la autopista y no hay paso". Ah, muy bien, segundo anuncio de la Venezuela real: la muerte puede esperar, aguántate tu maravillosa cola.
Llega la familia. El cadáver yace envuelto en las sábanas que el personal, siguiendo sus protocolos, tuvo a bien utilizar como mortaja. "Tenemos que bajarlo a la morgue, pero no hay camilla...". Ah, imagínese. No se preocupe usted, él ya no se va a quejar, busque la camilla con calma. ¿Me puede dar la partida de defunción? "El jefe de guardia no está...ya resolvemos eso".
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Es extraño lo que pasa cuando alguien muere. A la familia le da por hablar de lo que el difunto hacía, dejaba de hacer, pensaba, dejaba de pensar. Uno generalmente se burla de eso, de la tontería del "tan bueno que era" y todo lo demás. Pero es inevitable que uno esté horas esperando en un pasillo por un trámite post-morten sin caer en eso.
Ya son las doce del mediodía. El rato se fue rápido, ahí hablando. Pero ya tengo más de 24 horas sin dormir y unas tantas más sin comer y acuso el cansancio. Empezamos a distribuir las tareas y quedamos encargados de los trámites de traslado del cadáver, mi tío y yo. Regreso a preguntar por la partida de defunción, requisito indispensable para que nos entreguen el cadáver en la morgue del hospital. "El jefe de guardia no ha firmado...". Decidí, agobiado ya por la detestable circunstancia, cortesía de la ineptitud, que ese sería el último anuncio que le permitiría a la Venezuela real. Lo dije claramente: ¿quiere decir que tengo que esperar que la ineficiencia de un militar, que no sabe que estar de guardia significa permanecer en un lugar cumpliendo su deber, me permita irme con el cadáver de mi abuelo, a terminar con este capítulo? Uno se indigna de forma increible en ciertos momentos, y ese fue uno de ellos. La enfermera se dio cuenta. Todo el mundo notó que era como demasiado. Un enfermero fue a buscar al jefe de guardia para que firmara. Y me dieron ese documento inventado por un burócrata en el que consta que, en efecto, el hombre al que vi morir hace 5 horas, esta legalmente muerto.
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Sacarle copia al documento. Ir a las puertas de la morgue, donde esperaba el empleado del servicio funerario que haría el traslado. Recibir el cadáver y notar, con espanto, que el vehículo no era una esas carrozas fúnebres, sino una vieja camioneta "Lumina van", habilitada a la machimberra para los fines de traslado de fallecidos. Sin comodidad alguna porque, imagínese usted, ninguno de los clientes trasladados se ha quejado jamás.
El cadáver de Lorenzo detrás, yo sentado al lado en una butaca precaria que le habían dejado al carrazo. Mi tío adelante. Y, de nuevo, aparece Venezuela: "Hay que ir a la jefatura a buscar el permiso de traslado, después a Sanidad, después volver a la jefatura a que sellen el permiso y después bajamos a La Guaira". Estamos hablando de que eran ya las dos y pico de la tarde y de que estamos en Caracas en compañía del impertinente pero inefable tráfico. La jefatura: en San Martín. La Sanidad: en El Valle. Los que conocen Caracas entienden lo que quiero decir. Los que no conocen Caracas, es simple: es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que conservar la salud mental y física haciendo ese tour.
Sumémosle a todo esto, que el conductor de la camioneta era a la vez gestor y tenía pocos modales, poca disposición a hacer nada sin recibir algo a cambio y de paso no se callaba nunca. Y un detallazo: mientras mi tío y el chófer-gestor hacian los trámites en la jefatura, yo me quedaba en la camioneta, estacionado a una vera de las hermosas calles pestilentes y alfombradas de basura de la parroquia San Juan del Municipio Libertador, con la maravillosa vista que me prodigaba el barrio El Guarataro. Y con el cadáver de mi abuelo al lado. Me imagino que los que pasaban dirían al verme que me volví loco, porque hablaba solo. Pero es que ellos no sabían que me encontraba en animado diálogo con mi abuelo, al que le daba detalles de lo que sería esta crónica de la farragosa realidad que le toca vivir al venezolano, desde la cuna hasta la tumba, literalmente. "¿Estás viendo, paíto? si el 11 de abril esos pajúos en vez de llevarlo a la Orchila, lo lanzaban del helicóptero, tendríamos otro país...".
Animado como estaba por el importante diálogo, no me había dado cuenta aún de que la realidad truculenta cotidiana de esta maldición llamada país nos había atrapado. El tipo dice: "En la jefatura no hay libro para asentar los fallecimientos...". Se supone que ese detalle es malo, para un país petrolero que regala millones de dólares anuales a vecinos parias y lambucios. Pero la noticia, según el gestor, terminó siendo buena "porque la muchacha me selló todo rápido y no tenemos que volver".
Así, nos vamos rumbo a "la Sanidad", a que nos den un permiso para llevar el cadáver de mi abuelo desde Caracas a Vargas. Como ustedes comprenderán muy bien, semejante traslado es un riesgo inigualable para la seguridad sanitaria de este país...por eso necesitabamos un permiso especial.
Después que el gestor le mojó la mano a todos los involucrados en que el maldito trámite estuviera listo, había que sacar copias. En el interín, un familiar me llama por teléfono para darme otra dosis de realidad: se volteó otra gandola en la autopista, pero no subiendo, sino bajando a La Guaira. La autopista esta trancada otra vez. "Baja por la carretera vieja". Le hago la indicación al chófer, quien con un mohín despreciativo del que sabe que tiene poder para ladillarte, me dice "no...por la vieja no me meto yo nunca". (Respira, respira, respira Daniel...)
Le encargo la situación a mi tío, habituado a estos menesteres de traficar favores a cambio de coimas. El cambio de talante del conductor, costó cincuenta bolívares fuertes. Todo un señor, como verán.
A las 4 de la tarde empezábamos a bajar por la carretera vieja e intrincada. Ya ni sabía donde estaba: 36 horas sin dormir y 20 sin comer. Y con el cuerpo de mi abuelo al lado, despojado de toda dignidad tirado ahí en el suelo de una camioneta sucia. Como sucia es la realidad de este país.
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Yo creo, abuelo, que eso de "descansa en paz", es una fórmula que este país en el que naciste y moriste no podemos utilizar sin ironía.
Al final, eso es Venezuela: un calvario donde uno quizás alcanza lo que quiere, pero nunca como quiere. Un fracaso que llamamos país. Un peregrinar por laberintos donde la vileza te despoja, hasta la última hora, de tu dignidad.
Al final, eso es Venezuela: un calvario donde uno quizás alcanza lo que quiere, pero nunca como quiere. Un fracaso que llamamos país. Un peregrinar por laberintos donde la vileza te despoja, hasta la última hora, de tu dignidad.


2 comentarios:
excelente crónica de un triste final para una vida de un venezolano, de un ser humano, de un abuelo...lo lamentable es que muy probablemente ese final será el del chofer/gestor, el de la funcionaria que le selló los documentos para el traslado de tu abuelo, el tuyo, el mio y el de muchos venezolanos...es triste, pero es.
No puedo sino estar de acuerdo con Madar... simplemente una excelente cronica. Y para serte sincero digno de hasta un cortometraje... Morir en Venezuela es morir en Paz? Triste!
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