Cumplo con informarles que Obama no es negro.

. 8 de noviembre de 2008

Decidí dejar que pasaran varios días, antes de comentar mi impresión final con respecto a la victoria de Barack Obama. Siento que era necesario, porque había por ahí mucho obnubilado, mucho opinador ignaro y mucha, pero mucha ilusión despierta. Y yo no soy tan cruel como para ponerme a reventarle los globos a los niños que asisten felices a la fiesta.

¿Ganó "el negro"?

La opinión es general: la victoria de Obama constituye un hecho histórico, porque un país racista como los EEUU han escogido como presidente a un negro, por primera vez en su historia. Y la historia de los EEUU, la historia reciente de ese país (más de la mitad del siglo XX de nuestra era), está infectada por la palabra segregación. Los libros de historia contemporánea de los EEUU no pueden escribirse -ni leerse- sin tropezarse cada dos párrafos con la segregación racial, con la discriminación a los negros, con la oprobiosa y asquerosa exclusión a la que era sometida la población de raza negra en ese país. Desde cosas tan básicas como un asiento en el autobús o un bebedero, hasta cosas tan importantes como casarse con quien uno quiera sin importar la raza o ir a la escuela o votar: todo estaba determinado por la raza. No podía ser distinto en un país que prefirió dividirse e ir a una guerra civil antes que abolir la esclavitud.

Si todo se ve desde ese prisma, evidentemente no se puede negar que esta elección es histórica. Y aunque pueda confundirse quien llegó a este artículo creyendo que el autor iba a negar lo evidente -la raza del presidente electo de los EEUU está a la vista de quien tenga ojos- está claro que Obama es un negro estadounidense atrapado dentro de la concepción que blancos y negros de ese país han creado y mantenido con respecto a los que poseen esa raza: un negro estadounidense es hijo de negros y nieto de negros, aunque tenga algún padre o abuelo blanco. Aunque su piel lo ubique más dentro de los eufemísticos conceptos que los venezolanos nos hemos creado para explicar nuestro mestizaje (morenito, acanelado, mulato, café con leche, marroncito, oscuro, oscurito, pelo quieto, etc) en los USA no hay matices: hijo de negro es negro, aunque aquí podría pasar por "cafeconleche".

Generalmente, el negro estadounidense es pobre. Vive en guettos donde viven los excluídos, mayoritariamente negros. Si logra salir de su pobreza y de su exclusión, es a costa de muchísimo sacrificio y sorteando toda serie de obstáculos, lo que coloca a un universitario o millonario negro en el renglón de los "héroes": al ver a un negro acaudalado o simplemente exitoso en su ámbito profesional, se le coloca como "ejemplo", o sea, como excepción, como si la regla fuera la pobreza y la exclusión.

El negro de los EEUU está, en cuanto a religión, ubicado dentro de la rama protestante. Este hecho no es lógico dejarlo de lado, puesto que es precisamente la religión el factor que logra aglutinar a la población negra en función del logro de ciertas victorias personales, simbólicas, políticas y hasta culturales: en las iglesias todos son iguales, la religión les da fuerza para soportar el rigor de una vida segregada, de los púlpitos emergen los más importantes líderes de la comunidad negra (M.L. King, Jesse Jackson, Al Sharpton), en las iglesias del sur se gesta la revolución cultural más importante del siglo XX gringo: la fusión entre gospel, soul, blues, que junto a otros elementos terminaría dando nacimiento a ese endemoniado ritmo llamado Rock & Roll, cuyos principales exponentes originarios fueron, son y seguirán siendo negros o querrán serlo: Little Richard, Ray Charles, Aretha Franklin, Tina Turner, Patti Labelle, B.B. King, James Brown...

Los negros se juntan con negros, se casan con negros. Se enorgullecen de su origen, de sus raíces. Abominan de la discriminación en su contra, muchas veces cayendo en la lamentable trampa de la discriminación inversa: estigmatizar a una persona por no ser negra (los blancos no saben bailar, no hay un jugador de basket de raza blanca mejor que un negro, etc) y, oh paradoja, casándose con negros, constituyendo familias negras, enarbolando productos culturales negros en los cuales se ve, de forma patética, que eso de la discriminación o segregación de la población por raza no es un capítulo en libros de historia de ayer: basta asomarse a simples y sosas series de la TV estadounidense para ver como "My wife and kids" presenta a una atormentada familia, con todos los enrevesados argumentos cómicos con los que se adornan las "comedias de situaciones", en la que no hay ni un solo blanco. Difícil es recordar el número de blancos que aparecen en "El principe del rap" o en ese asqueroso programita trasmitido por MTV cuyo nombre "Flavor of love" esconde un reality en el que varias muchas mujeres mayoritariamente negras deben demostrar cual es la "bitch" más "bitch" para que el personaje principal, Flav (un negro salido de alguna esquina, vestido apropiadamente como un "american pimp") decida con cual de las tipas vivirá un "romance".

Esos productos culturales, llenos de Beyoncés, Ushers, Halley Berrys, y demás, nos exhiben impunemente lo que los estadounidenses saben que son: una sociedad racista, en el buen sentido del término. O sea, un país que se segrega a sí mismo y que asume que los calcetines negros no se pueden combinar con zapatos blancos. Bien lejos de la picaresca venezolana, plasmada en la canción "Pavo real" de El Puma, en la que sin mucho escrúpulo, quien canta exhorta a los negros a casarse con blancas y a las blancas a casarse con negros, porque "un blanco con una blanca es como leche y espuma y un negro con una negra es como noche sin luna". De tal manera, esa canción resume la historia del mestizaje venezolano, asumiendo que "Todo negro pelo recio con rubia se ha de casar/para que nazcan sus hijos con plumas de pavo real".

En EEUU no hay pavosreales.

Creo que he dejado claro que, en mi opinión, en USA había racismo antes de Obama y seguirá habiéndolo durante Obama y después de él. Muestra fehaciente de que esa sociedad está aún segregada, es la propia familia Obama, que aparece feliz y radiante en la foto que ilustra esta sección del artículo. Como verán, el presidente electo al que se quiere colocar como adalid de la lucha contra la segregación racial, por ser hijo de un negro de Kenia con una blanca de Kansas, tiene una familia evidentemente segregada. Quizás no por gusto, sino porque, sencillamente, las cosas pasan así y punto.
La familia es bella. Para algunos quizás una familia negra. Para mi no: para mí es una familia joven, una pareja de jóvenes profesionales con dos lindas niñas. Y siento que para el electorado mayoritariamente blanco de los EEUU, la percepción es la misma, es decir, no votaron por un negro sino que votaron por un hombre joven, profesional, serio y responsable, que trae un mensaje que siempre vende: Necesitamos un cambio.
El punto importante es que no se puede ofrecer cambio si no se es diferente a lo que se supone "obsoleto y periclitado". Ciertamente, McCain era diferente a Bush, no en balde fue el más fiero opositor interno que el gobierno nefasto de George W. tuvo incluso desde antes de que le eligiera presidente: McCain le disputó la candidatura a Bush en el 2000 y pudo ganar de no haberse aliado el hoy presidente saliente con la más recalcitrante derecha religiosa conservadora que hace vida dentro de lo que queda del partido republicano. Fue McCain el encargado de llevar al banquillo al gobierno de Bush en el senado por los abusos en las cárceles de Abu Grhaib y Guantánamo, fue McCain quien pidió explicaciones a Condoleezza Rice por la fallida búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak. Fue McCain el último mohicano del ala liberal, no militarista (a pesar de ser militar) y secular del bando republicano. Hubiera preferido otra muerte para él.
Y digo muerte, porque eso de prometer un cambio cuando se forma parte del mismo partido del gobierno obsoleto, es, más que una estrategia electoral, un despropósito. Y si el cambio que se promete tiene además como portavoz a un curtido pero ya anciano senador de 70 años, que debe además parecer más moderno y liberal que un joven, ágil y fresco senador, evidentemente la pelea se avizora perdida. Porque en EEUU la juventud siempre gana.
Por eso disiento de la opinión general. No ganó un negro. Obama no es un "presidente negro" y, de hecho, su campaña se cuidó mucho en sacudirse ese lastre de la raza en un país racista: cada vez que surgía el elemento racial en la campaña, era elegantemente soslayado por el propio Obama, quien jamás levanto el puño gritando "black power", ni se dijo sucesor de King o de Malcom X. El se presentó en todo momento como el portador de la llave del cambio, como el hombre que podía sacudirle a la Casa Blanca las telarañas de la vieja política, del bipartidismo. Su campaña lo vendió como el "outsider necesario", como el purgante que necesita el sistema para regenerarse.
Del dicho al hecho...
Le compraron el mensaje, claro está. Por ahora. Porque si algo es cierto en este mundo es que no se puede confiar en un gringo, por muy bonito que hable. ¿Por qué hay que confiar en el juicio de un electorado que votó dos veces por Bush?
Obama promete el fin de la guerra en Irak. Bueno, quizás la termine no porque quiere, sino porque tiene que hacerlo: no hay dinero para sufragar dos guerras abiertas. Pero además promete quitarle a los grandes grupos de presión políticos y económicos, el control de la Casa Blanca. Eso lo repetía una y otra vez cuando peleaba la nominación demócrata con Hillary Clinton, a quien ponía en el mismo saco que McCain y Bush, es decir, como una representante de la vieja política, con lastres y demasiados compromisos con los grandes grupos de poder que secuestraban la libertad del presidente de los EEUU, según Obama.
No hay duda de que es una buena promesa. No hay duda de que el electorado demócrata le creyó a Obama su mensaje de cambio. Pero es difícil creer ahora en la sinceridad de ese mensaje, cuando al escoger a sus primeros colaboradores, se trae a su regazo a personajes provenientes del gobierno de Bill Clinton, como Rahm Emanuel, al que ya han retratado como un "duro", que hará el rol de "policía malo" en los vericuetos del Congreso. Así, se han asomado nombres en los que destacan no solo demócratas de larga trayectoria, sino (quién lo diría) connotados republicanos, moderados y conservadores entre los que destacan el ex Secretario de Seguridad Colin Powell y el senador por Nebraska Chuck Hagel.
Eso demuestra, una vez más, el gran problema que tienen los que ofrecen el cambio: quieren cambiar pero no saben como ni tienen con quien. Y si tienen con quien hacer el cambio, sus nombres no despiertan la confianza suficiente para convencer en tiempos de crisis como los actuales.
Dentro de todo este panorama, sería bueno que los entusiastas anti belicistas, ambientalistas y demás "progres", trataran de hacer un simple ejercicio de memoria antes que creerse todas las consignas de un presidente electo que manejó su campaña con el lenguaje típico de las ONG's plagadas de mariguaneros come flor. Entiéndanlo: ser republicano no es sinónimo de guerrerista, ser demócrata no es sinónimo de pacifista. Y para hacer la paz, hace falta mucho más que un discurso.
¿Quieren pruebas?
Kenneddy, el último presidente gringo en encabezar una familia joven y católica (hasta que ganó Obama, los presidentes anteriores a él con la sola excepción de JFK eran protestantes y tenían familias ya adultas. Obama llevará niños de nuevo a la Casa Blanca), con todo y su discurso de paz y amor, no detuvo la invasión de bahía de Cochinos ni la paulatina intervención en el Sudeste asiático que llevaría a la guerra de Vietnam. Su sucesor, Johnson, demócrata también, inició la guerra abierta en Vietnam. Nixon, si bien era republicano, llegó al poder ofreciendo el fin de la guerra: sí la finalizó, pero después de extenderla a Camboya y Laos, llenando de sufrimiento la zona que no se recuperó sino hasta bien entrados los 90.
Un demócrata llevó a EEUU a la Primera Guerra Mundial (Woodrow Wilson). Otro demócrata, en medio de la más espantosa crisis económica, declaró la guerra al eje nazi fascista en 1941 (Franklin D. Roosevelt). Un demócrata lanzó dos bombas atómicas al Japón (Harry S. Truman). Y Clinton, ese gigante bonachón al que nos han pintado como una mansa paloma (bueno, al lado de Bush cualquiera es un héroe), invadió Haití, Somalia, bombardeó de forma inclemente Yugoslavia con todas las armas que tenía a mano, vaciando los arsenales y sin distinguir entre blancos militares y civiles (famoso, por cruel, fue el ataque destructivo contra un canal de TV adepto al gobierno de Milosevic, lleno de periodistas civiles. Hoy ya nadie recuerda eso).
Llámenme aguafiestas. Pero de verdad, hay que abrir bien los ojos antes de crearse ilusiones.
Ojalá la historia de Obama no termine siendo una quimera fugaz, el preludio del retorno de los "neo conservadores", blandiendo el arma de la revancha. Ojala Obama logre cambiar, al menos, la forma de hacer promesas.



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Daniel Lara Farías
El autor de este blog es venezolano (Maiquetía, 1980). Tiene pocas creencias, sin embargo cree en la libertad de opinión. Cuando se cansó de callar empezó a escribir. Y hoy, ya nadie lo calla. CONTACTO: d.larafarias@gmail.com
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